Las Flaviadas

Les escribimos desde nuestras vacaciones en La Paz, Bolivia, en marzo de 2026.

La calle Ecuador serpentea por Sopocachi y con ella el tráfico por la colina. Es una de las arterias del barrio. A ambos lados de la Calle Ecuador hay pequeñas tiendas. Se pueden comprar salteñas o pollo crujiente. Se bebe café con tarta de maracuyá o se visita alguna de las galerías o salas de conciertos. Justo a la vuelta está el mercado Sopocachi. La gente se encuentra en los restaurantes para cenar o para hacer compras. La calle está llena de coches y personas. En una pared se lee «Las Flaviadas». En realidad, es una invitación. El sábado por la noche la puerta esta abierta.

Las Flaviadas – la entrada, Fuente: La Cris, hija del Señor Eduardo Machicado

Entramos. Un camino conduce al jardín. Caminamos sobre los guijarros. A la derecha y a la izquierda lo rodea un muro. A la izquierda cuelgan descripciones de lo que nos espera en la próxima hora. «Las Flaviadas» son sesiones semanales de apreciación musical iniciadas por Don Flavio Machicado Viscarra ya desde 1922 en La Paz. En estas sesiones se reproducen discos de vinilo clásicos con una previa pequeña introducción sobre la pieza y el autor. La entrada es gratuita.

“Cuando una cálida noche de verano de 1916 en Boston terminé de escuchar uno de mis discos de larga duración con la ventana abierta, me sorprendió una ovación: mis vecinos habían compartido este momento en absoluto silencio… Tal vez esa fue la primera Flaviada.”

Cita del sitio web FFMV (Fundación Flavio Machicado Viscarra), ver [1]

La Flaviada – el camino, Fuente: La Cris, hija del Señor Eduardo Machicado

Continuamos por el camino pedregoso hacia el jardín y después de unos metros llegamos a una casa. La puerta nos invita a entrar. Solo queda subir la escalera. Sofás están a ambos lados de la habitación y al fondo unas pocas sillas más. La sala ya está bastante llena. Me siento en un sofá. Aquí en esta habitación poco ha cambiado desde 1922. En realidad, ésta atmósfera que respira los años viente se ha conservado.

La Flaviada – la sala, Fuente: Sven Heine (2026)

Ya mi abuelo, Gert Conitzer, que huyó en 1939 de la Alemania NAZI, y terminó en Bolivia, había visitado «Las Flaviadas». Siempre se sentaba en el mismo lugar, justo al lado del escritorio. En el escritorio ahora está sentado el Señor Eduardo Machicado. Es el hijo menor del fundador Don Flavio, quien continuó la tradición de „Las Flaviadas“ tras la muerte de su padre. Esta noche el Señor Machicado comienza recordando a mis dos abuelos. Me entero que mi abuela, Yolanda Bedregal, fue aquellas veces una incentivadora de la „Fundación Flavio Machicado Viscarra“. El archivo guarda una carta de mi abuela donde agradece por una velada que hizo olvidar a Gert todas las penas diarias. El Sr. Machicado recuerda que Gert solía repartir trozos de chocolate muy finos en una latita de metal. Me pongo un poco sentimental y se me salen las lágrimas. Miro a mi alrededor y me imagino a mi abuelo como pasaba la latita con cautela, seguramente ya abierta para evitar el ruido. Pero ese noche a nadie le importó el ruido porque repetíamos abiertamente el ritual de las latitas. Mi mamá se dió la molestia de comprar y rellenar las latitas de chocolates muy finos porque así lo hacía Gert, me cuenta ella, también queriendo hacerle un honor. Mi esposo me sorprende y ofrece la latita, “de tu abuelo”, me dice. Sonrío y tomo un trozo. Tal vez al probar el sabroso producto venían más recuerdos… Tenía solo cuatro años cuando lo vi por última vez sentado en la cama, sacando del cajón de la cabecera un chocolate „Macintosh“.

La Flaviada – Impresiones, Fuente: Sven Heine y La Cris, hija del Señor Eduardo Machicado

Ahora mi esposo está sentado a mi lado, también con un chocolate. Siento su gran corazón. El Sr. Machicado termina de presentar la primera pieza musical. Es Vivaldi. En marzo siempre se empieza con Vivaldi. Mientras coloca el disco, todos esperan con atención los primeros acordes. Cuando toca la música, el Sr. Machicado se levanta y se dirige a la chimenea. Toma algo de papel periódico y lo enciende, luego agrega algunos troncos. A lo largo de la noche, el crujido de la madera al quemarse se mezcla con los acordes provenientes del aparato de música. Ambos tranquilizadores mientras la chimenea calienta la sala.

Las Flaviadas, la chimenea, Fuente: Sven Heine (2026)

Hay unas treinta personas presentes, quizá un poco más. Todos escuchan la música, algunos con los ojos cerrados, otros muy atentos. Alguien tose o se levanta. Pero todos juntos intentamos escuchar la música. Esta comunidad genera una calma y atención especial. Solo éste momento importa. Los problemas y preocupaciones se quedan en la calle Ecuador. En mi mano está mi teléfono y a solo click de se encuentra hoy en día todo el mundo de la música. Solo necesito abrir la aplicación, escribir unas palabras, y ya tendría la canción. Cuando mi abuelo Gert estaba allí, en su lugar, recién llegado de Alemania y seguramente sin gramófono, ni discos, este evento ha debido ser una bendición para él. Música por una hora, desconectar la mente, sin ningún pensamiento sobre los familiares en casa, ni sobre las dificultades de establecerse en Bolivia.

Las Flaviadas, los discos de vinilo, Fuente: Sven Heine (2026)

El Sr. Machicado anuncia la siguiente canción. Su voz sonora encaja perfectamente en este contexto. Prepara la sala. Ofrece información de fondo sobre el compositor. Uno mismo puede estirar las piernas, quizá cambiar de posición. Yo también me preparo para la siguiente pieza. El disco ya está girando. Cruje la chimenea o el aparato de música?. La música no puede curar realmente, pero proporciona un breve momento de tranquilidad. Además la energía que se puede recargar en ésta sala por no solo el calor que desprende el fuego, sino por el ambiente mágico en la casa de los Machicado. El fuego va quemando algo, va dejando atrás ciertos recuerdos no gratos, y convierte la casa en un sitio mágico, de recuerdos, sonidos y personajes, donde se unen dos mundos equidistantes: Alemania y Bolivia. Mi abuelo cuya presencia fue el origen de nuestra generación, crecí alegre, fuera de toda historia, de todo resentimiento. Ahora es evidente, tal como cuenta mi abuela en su carta, estas veladas le han dado energía para continuar.

Al final de la noche suena la pieza más esperada, la “Cantata Bolivia”. Esta vez solo se escucha el crujido de la chimenea, porque es un CD traído directamente desde Alemania. La noche anterior recorrí la ciudad de sur a norte con el nuevo teleférico apreciando las luces que decoran la ciudad de La Paz al anochecer. Poco antes de mi viaje, recogí el CD personalmente de Sr. Manfred Eisner. El vive en el dique del Elba en Brokdorf. Y es el hijo del compositor, Erich Eisner, quien también como mi abuelo huyó de los Nazis y terminó en Bolivia. Erich Eisner fundó la Orquesta Sinfónica de Bolivia y la dirigió hasta su muerte en 1956. Su gratitud correspondió a Bolivia, que lo acogió a él y a su familia, componiendo la “Cantata Bolivia”. La letra de ésta obra musical lo escribió mi abuela, Yolanda Bedregal, expresando su amor por Bolivia. Dos países totalmente distintos pero unidos por el vínculo perenne de la gratitud que expresa la pieza.

Imagino a mi abuelo Gert en „Las Flaviadas“ escuchando la musica y disfrutando de un chocolate con la cercanía mi abuela, la pareja con la que trascendió su dolor en alegrías infinitas. Así como disfruto yo la cercanía de mi esposo, mientras dirijo apasionadamente la orquesta virtual y entono a mis adentros identificada la última estrofa: «Corazones de Bolivia…». La voces expresan precisamente ese sentimiento de agradecimiento que con seguridad sintieron mis abuelos y siento yo por nuestra amada Bolivia.

Quellen:

  1. www.flaviadas.org – Las Flaviadas, Link:  https://www.flaviadas.org/flaviada.php?lang=de

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