La Calle Ecuador serpentea por Sopocachi y con ella el tráfico por la colina. Es una de las arterias del barrio. A ambos lados de la Calle Ecuador hay pequeñas tiendas. Se pueden comprar salteñas o pollo crujiente. Se bebe café con tarta de maracuyá o se visita alguna de las galerías o salas de conciertos. Justo a la vuelta está el mercado de Sopocachi. La gente se encuentra en los restaurantes para cenar o para hacer compras. La calle está llena de coches y personas. En una pared se lee «La Flaviadas». En realidad, es una invitación. El sábado por la noche la puerta esta abierta.

Las Flaviadas – la entrada, Fuente: La Cris, hija del Señor Eduardo Machicado
Entramos. Un camino conduce al jardín. Caminamos sobre los guijarros. A la derecha y a la izquierda lo rodea un muro. A la izquierda cuelgan descripciones de lo que nos espera en la próxima hora. «Las Flaviadas» es un evento de Don Flávio Machicado Viscarra, que existe desde 1922 en La Paz. En la Flaviada se reproducen discos de vinilo clásicos con una previa pequeña introducción sobre la pieza y el autor. La entrada es gratuita.
“Cuando una cálida noche de verano de 1916 en Boston terminé de escuchar uno de mis discos de larga duración con la ventana abierta, me sorprendió una ovación: mis vecinos habían compartido este momento en absoluto silencio… Tal vez esa fue la primera Flaviada.”
Cita del sitio web FFMV (Fundación Flavio Machicado Viscarra), ver [1]

La Flaviada – el camino, Fuente: La Cris, hija del Señor Eduardo Machicado
Continuamos por el camino pedregoso hacia el jardín y después de unos metros llegamos a una casa. La puerta nos invita a entrar. Solo queda subir la escalera. Sofás están a ambos lados de la habitación y al fondo unas pocas sillas más. La sala ya está bastante llena. Me siento en un sofá. Aquí en esta habitación poco ha cambiado desde 1922. En realidad, es la atmósfera la que se ha conservado. La habitación respira los años 20.

La Flaviada – la sala, Fuente: Sven Heine (2026)
Ya mi abuelo Gert Conitzer, que huyó en 1939 de la Alemania nazi, y terminó en La Paz, Bolivia, había visitado «Las Flaviadas». Siempre se sentaba en el mismo lugar, justo al lado del escritorio. En el escritorio ahora esta sentado el Señor Eduardo Machicado. Es el hijo menor del fundador Don Flávio, quien continuó la tradición de Las Flaviadas tras la muerte de su padre. Yolanda Bedregal, mi abuela, fue una de las patrocinadoras de la Fundación después de la muerte del fundador. El Señor Machicado guarda una carta de mi abuela llena de agradecimiento por una velada que hizo olvidar a Gert todas las penas diarias. El Señor Machicado comienza recordando a mis dos abuelos, me pongo un poco sentimental y me salen las lagrimas. El cuenta que Gert solía repartir trozos de chocolate muy finos en una latita de metal. Pasaban la latita y cada uno tomaba un trozo. Miro a mi alrededor y me imagino a mi abuelo como pasaba con que cautela la latita, seguramente ya abierta para evitar el ruido. Pero ese día a nadie le importó el ruido porque repetíamos abiertamente el ritual con latitas que mi mamá repartía llenas de chocolates muy finos que compró en la tarde en honor a Gert. Mi esposo me sorprende y ofrece la lata. “De tu abuelo”, me dice. Sonrío y tomo un trozo. Quería probar, tal vez venían mas recuerdos. Tenía cuatro años cuando vi por última vez a mi abuelo. Solo lo recuerdo en la cama, él siempre ofrecía del cajón de su cabecera un chocolate fino.
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La Flaviada – Impresiones, Fuente: Sven Heine y La Cris, hija del Señor Eduardo Machicado
Ahora mi esposo está sentado a mi lado, también con un trozo de chocolate. Me caliento con su gran corazón. El Señor Machicado termina de presentar la primera pieza musical. Es Vivaldi. En marzo siempre se empieza con Vivaldi. Mientras coloca el disco, todos esperan con atención los primeros acordes. Cuando suenan, el Señor se levanta y se dirige a la chimenea. Toma algo de papel de periódico y lo enciende, luego agrega algunos troncos. A lo largo de la noche, el crujido de la madera se mezcla con el crujido del disco. Ambos son algo tranquilizadores, y la chimenea calienta la sala.

Las Flaviadas, la chimenea, Fuente: Sven Heine (2026)
En la sala hay unas treinta personas, quizá un poco más. Todos escuchan la música, algunos con los ojos cerrados, otros acaban de llegar y se sientan. Alguien tose. Todos juntos escuchamos la música. Esta comunidad genera una calma y atención especial. Nada más importa, solo este momento. Los problemas y preocupaciones se quedan en la Calle Ecuador. En mi mano está mi teléfono y a solo una aplicación de distancia se encuentra todo el mundo de la música. Solo necesito abrir la aplicación, escribir unas palabras, y ya tendría la canción en mis oídos. Cuando mi abuelo Gert estaba allí en su lugar, recién llegado de Alemania y seguramente sin gramófono, ni discos, este evento ha debido ser una bendición para él. Música en los oídos, el crujido de la chimenea, desconectar la mente. Por una hora, ningún pensamiento sobre los familiares en casa, ni sobre las dificultades de establecer una nueva vida en Bolivia.

Las Flaviadas, los discos de vinilo, Fuente: Sven Heine (2026)
El Señor Machicado anuncia la siguiente canción. Su voz sonora encaja perfectamente en este contexto. Prepara la sala. Ofrece información de fondo sobre el compositor. Uno mismo puede estirar las piernas, quizá cambiar de posición. Yo también me preparo para la siguiente pieza. El disco ya está girando. Cruje la chimenea o el brazo del disco. La música no puede curar realmente, pero proporciona un breve momento de tranquilidad. La energía se puede recargar en esta sala. Ahora es evidente, tal como cuenta mi abuela en su carta, estas veladas le han dado energía para enfrentar la siguiente semana.
Al final de la noche suena la “Cantata Bolivia”. Esta vez solo cruje la chimenea, porque es un CD. Lo trajimos desde Alemania. Poco antes de partir hacia Bolivia, estuvimos en el dique del Elba en Brokdorf. Allí vive Manfred Eisner. Es el hijo del compositor Erich Eisner, quien también huyó de los nazis a Bolivia. Aquí Erich Eisner fundó la Orquesta Sinfónica de Bolivia y la dirigió hasta su muerte en 1956. Su gratitud fue para Bolivia, que lo acogió a él y a su familia, por eso compuso la “Cantata Bolivia”. El texto lo escribió mi abuela, Yolanda Bedregal, antes de convertirse una de las poetas más conocidas de Bolivia. La imagino tranquila sentada junto a Gert escuchando la musica y disfrutando con un chocolate en la boca. Mi abuela disfrutó la cercanía de su esposo, como disfruto yo la cercanía del mio, mientras dirijo apasionadamente la orquesta virtual y canto identificada la última estrofa: «Corazones de Bolivia…». «Mi Bolivia» late en mi corazón.
Quellen:
- www.flaviadas.org – Las Flaviadas, Link: https://www.flaviadas.org/flaviada.php?lang=de



